| Al verlo ya por primera vez, cuando entró por a puerta
vidriera de la casa de mi tía con la cabeza levantada como los pájaros
y alabando el buen olor de la casa, me llamó en cierto modo la atención
lo típico de este hombre y mi primera e ingenua reacción contra
ello fue la de aversión. Me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo,
de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter,
y me defendía contra él con un espíritu de hombre sano. (...)
Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento que él, en el sentido
de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí
una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí
que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí
propio, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones
y de personas, nunca se excluía a sí, siempre era él mismo
el primero contra quien dirigía sus flechas, era él mismo el primero
a quien odiaba y negaba.
Hermann Hesse - El Lobo Estepario Pag 14
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